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La principal clave de la diversidad biológica de la Amazonía Andina se puede encontrar en la historia geológica. Aunque hoy en día es difícil de imaginar, en la época de los dinosaurios, no teníamos montañas en la parte donde ahora está la cordillera andina. Las montañas suramericanas estaban más bien en el Norte y Oriente del continente; por ejemplo en el Escudo Guayanés en lo que ahora es Brasil, Venezuela y las Guianas. Imaginase: en ese tiempo el Río Amazonas (bueno, su tatarabuelo...) viajaba al Oeste y desembocaba en el Pacifico. Cuando los Andes empezaron a formarse (hace unos 30 millones de Años) , la cordillera cerró el paso hacia el Océano y se formó un enorme humedal (el sistema Pebas) que drenaba hacia el Norte, al Caribe. Y más reciente (hace unos 10 millones de años) con los Andes cerrados y levantándose hasta las altitudes que conocemos, la cuenca empezó a drenar hacia el Atlántico, formando el Río Amazonas como es actualmente

Durante estos millones de años, el ambiente de todo el Norte del continente sufrió de tremendos cambios: de montañas a selva y de humedales a desiertos. Sin embargo, la parte donde ahora es la Amazonía Andina se mantuvo relativamente constante: fue selva y quedó selva (bueno, con muchos cambios en condiciones fluviales, pero selva siempre ha sido). Inclusive durante periodos geológicos más recientes (el pleistoceno, con grandes cambios entre periodos fríos y más secos y cálidos y más húmedos) el clima en esta zona fue relativamente constante. Por esto es considerado un refugio para especies durante cambios climáticos históricos. Los dos factores principales (cambios enormes a nivel continental pero con una relativa estabilidad en la zona andino-amazónico, y un flujo de sedimentos de los Andes hacia la Amazonía que formaban una multitud de unidades geológicas y geográficas) dieron origen a una enorme serie de adaptaciones de especies a la diversidad de biota. Con los resultados conocidos: más especies de aves (casi 600) en una reserva relativamente pequeña (Jatun Sacha; 2500 has) que en todo Europa y más especies de árboles (más que 600) en una sola hectárea del Parque Nacional Yasuní que en todo Estados Unidos.

Ahora la gran pregunta: ¿Somos capaces de asegurar que en los próximos años podemos seguir disfrutando de este espectáculo, que tomó tantos millones de años en desarrollarse? Porque aparte de ser la región más biodiversa del planeta, también es una de las zonas más amenazadas. La colonización en la Amazonía (y las carreteras y deforestación asociada con ella) viene de los Andes; la explotación petrolera está situada justamente en la Amazonía Andina (lo que algún día fue inundado por el Pebas); y la minería ilegal trata de sacar el oro de los sedimentos ricos andino-amazónicos.

Las diferentes amenazas están interrelacionadas y compartidas entre los países andino-amazónicos. Por esto, para una buena gestión ambiental en esta zona tan hermosa, se requiere de una visión integral y colaboración entre los países. Y allí es justamente el problema. En los últimos años, han habido dos iniciativas muy valiosas de colaboración internacional para la conservación de la Amazonía Andina. Entre 2007 y 2013, la Comunidad Andina ejecutó el programa BioCAN y en estos días, se está cerrando la Iniciativa para la Conservación de la Amazonía Andina (ICAA). Ambos han generado información muy valiosa, han apoyado a las comunidades locales para manejar su bosque sustentablemente y han promovido varias políticas bien encaminadas. Sin embargo, la discontinuación del tema ambiental en la Comunidad Andina ha causado que actualmente no haya una colaboración intergubernamental para conservar esta región. El decrecimiento del volumen de la cooperación técnica bilateral y los desafíos políticos de varias agencias internacionales de operar en todos los países son factores adicionales que explican la falta de una verdadera gestión andino-amazónica.

Reconociendo que las amenazas ambientales y sociales de la Amazonía Andina son compartidas y conectadas, necesitamos seguir con estas iniciativas regionales y aumentar su impacto. Para esto, debemos crear una visión regional para la Amazonía Andina, desarrollada en conjunto por todos los actores en los diferentes países. Esta visión debe estar basada sobre un análisis de los principales factores que determinan el ambiente y el bienestar en esta zona, para crear consensos sobre las estrategias de intervención y las responsabilidades de implementarlas. Esto requiere de un aumento del esfuerzo colaborativo internacional para la gestión, dejar atrás diferencias políticas y sociales para asumir una responsabilidad compartida para esta región vital.

No necesitamos solamente viajar desde las capitales hacia el oriente para disfrutar la vista sobre la Amazonía desde el balcón Andino. Sobre el mismo camino necesitamos los esfuerzos para conectar las ciudades capitales con la selva, conectar la población con la naturaleza y conectar los diferentes países andinos entre si, para establecer una verdadera región andino-amazónica.