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El Chimborazo es un volcán particular; esto no necesita explicación. Es el punto más alto del país, la cumbre mas alto del mundo medido desde el centro de la tierra. En esta montaña, Alexander von Humboldt “inventó” la ecología mediante la descripción de la interacción de clima, paisaje y vegetación. O sea, es digno de manejarlo con mucho orgullo y cuidado. Pero en época da la colonia, se instalaron enormes rebaños de ovejas en sus faldas que dejaron poco de la vegetación que nuestro amigo alemán había descrito. Además, por encontrarse protegida de los vientos húmedos de la Amazonía, la parte occidental del volcán es relativamente seca. En combinación con un suelo joven (en términos geológicos) de textura gruesa (arena), la zona sobre-pastoreada deja un aspecto de desierto.

 En la década de 1980, el conocimiento ecológico y biogeográfico de los Andes no era tan detallado como ahora y las decisiones que se tomaron para el diseño y el manejo de las grandes áreas protegidas que se establecieron en ese entonces eran basadas más en observaciones directas que en un sustento académico. Para muchos, el paisaje desértico en los arenales del Chimborazo era un fenómeno natural. Si se observó que había mucho ganado ovino y se identificó que se necesitaba buscar una alternativa. Por esto, en el 1988 el gobierno del Ecuador tomó la decisión de introducir vicuñas. ¿Porqué? Este animal es nativo de la puna seca, que se extiende entre el sur de Perú, Bolivia y el norte de Chile y Argentina. Algunas personas en ese entonces juzgaban que el paisaje del Chimborazo era biogeográficamente similar a esa puna y con base en el concepto de que los camélidos son nativos de los Andes, trajeron las vicuñas. Se declaró la zona como “reserva de producción faunística” y se lanzó el programa de “reintroducción de vicuñas” con unos 300 animales importadas de Chile y Bolivia. Todo esto fue avalada por el “Convenio para la Conservación y Manejo de la Vicuña”; un acuerdo internacional del cual Ecuador hizo parte, con Argentina, Bolivia, Chile y Perú.

Para esta decisión de los años 1980’s, aplicaron cuatro supuestos que, con el conocimiento de hoy, podemos considerar como errores. Primero, si bien los páramos del Chimborazo son relativamente secos, pertenecen al ecosistema páramo y no a la puna, con su propio funcionamiento ecológico. Por ejemplo, en la puna seca hay una cobertura vegetal escasa y las únicas zonas con vegetación permanente son las turberas (allí llamados ‘bofedales’). En el páramo hay una vegetación continua y siempre se encuentra hierbas frescas entre la paja. Si bien grandes partes del Chimborazo muestran un suelo descubierto, sabemos que no fue siempre así. ¡El propio estudio de Humboldt lo evidencia!, ya que describe diferentes coberturas vegetales en todas las zonas altitudinales. Pero también los comuneros mayores sabes que antes, cuando eran niños, el arenal fue un chaparral. Un anciano de la comuna La Esperanza (en pleno arenal) me comentó: “de niño, tuve que agarrarme a la cola del burro de mi padre para no perderme entre los arbustos”. O sea, el desierto que estamos viendo, no es un ecosistema natural sino una vegetación degradada por sobrepastoreo, por la recolección indiscriminada de leña y por las quemas.

El segundo supuesto equivocado, es el origen de la vicuña: no hay ninguna evidencia que la vicuña sea originaria de Ecuador. Los camélidos nativos (vicuña y guanaco) están ahora distribuidos en la puna seca y en la pampa y no están más al norte que 9º latitud Sur. Hace 5000 años, los humanos domesticaron los camélidos y así crearon las alpacas y llamas. Estos fueron llevados al Norte y en parte pudieron haberse asilvestrado en las montañas, inclusive más al Norte de su distribución natural. Hay evidencia escrita de los cronistas españoles que, durante la conquista, había camélidos en todo el Imperio Incaico (incluyendo Ecuador) pero no hay evidencia arqueológico o paleontológico de su presencia antes del periodo incaico. Por esto: se sabe que había llamas y alpacas en Ecuador, desde un tiempo relativamente reciente y asociados a la ocupación humana. La presencia nativa de la vicuña, sin embargo, no está evidenciada y es muy poco probable: este animal está adaptado a ecosistemas secos y es muy sensible a la humedad continua, entonces no es lógico que se hubiera extendido naturalmente a los páramos del norte de los Andes. 

El tercer supuesto equivocado es la alternativa que brinda la vicuña para las comunidades. Si bien la fibra de vicuña es altamente apreciada (es varias veces más cara que la de alpaca), su manejo es difícil y restringido. Para empezar, la vicuña es un animal incluido en el anexo dos de la convención CITES sobre tráfico de animales en peligro. Quiere decir que la negociación de los productos de vicuña (entre ellos la fibra) es permitida pero fuertemente regulada. Esto hace difícil su mercadeo y manejo. Por otro lado, la vicuña es un animal silvestre y su manejo es un desafío. Experiencias del Perú, donde hay manejo comunitario de vicuñas en la Reserva Salinas y Aguada Blanca, demuestran que para la esquila hay que hacer captura y liberación lo que causa estrés en el animal y requiere de mucha experiencia. Las primeras experiencias con el aprovechamiento de la fibra de vicuña en la Reserva Chimborazo, que fueron impulsadas hace un par de años por el Ministerio de Ambiente en colaboración con las comunidades dentro de la reserva, presentaron los mismos problemas que en el Perú: no es fácil la esquila, hay poca fibra por animal, no hay una cadena de valor establecida y la exportación (para que se dé realmente un valor agregado a la fibra) es un desafío. Por esto, hasta ahora ninguna comunidad se ha visto beneficiada por las vicuñas.

El último supuesto incorrecto es que la vicuña es un animal de poco impacto o inclusive, “bueno para el páramo”. Es verdad que la vicuña de alguna manera ayudó a bajar la densidad de ovejas. Cuando el área del Chimborazo, gravemente sobre pastoreada, fue declarada Reserva de producción faunística se invitó a las comunidades adentro a dejar sus rebaños de ovejas para hacer espacio al nuevo habitante, que tenía las patitas suaves y la carita tierna, convirtiéndose así en el nuevo símbolo del volcán Chimborazo. De hecho, muchas ovejas desaparecieron. Sin embargo, no empezó la recuperación porque ¡la vicuña es un comelón! En su hábitat natural está acostumbrada a una dieta de pastos secos y tallos leñosos y esto era todo lo que quedaba en los páramos del Chimborazo. Así, la vicuña se multiplicó rápidamente: de las casi 300 introducidas ahora hay más de 7000. Y siguen aumentando: comen aún más que las ovejas (hasta arbustos y raíces) y dejan el suelo sin ninguna vegetación. Por esto, es muy probable que la población actual de vicuñas esté inhibiendo la regeneración de la vegetación (y por esto, las funciones ecológicas y los servicios ambientales) de los páramos del Chimborazo.

 Hace 8 días estuve en una visita a las comunidades alrededor del volcán Chimborazo y me asusté con la presencia de vicuñas. Todo lo que conté aquí arriba está basado en mi propio análisis de la situación local y mi entendimiento sobre introducción de especies de fauna exótica en otras partes del mundo (siempre y sin excepción, terminan en desastres ecológicos: piensen en la rata almizclera en Europa, el castor en Patagonia, el conejo en Australia, o el oposum en Nueva Zelanda). Pero hasta ahora no había escuchado a tantas personas sonando las campanas de alarma. Las comunidades alrededor del Chimborazo ya ven como la vicuña sale de la reserva, cruza la carretera e invade zonas de pastoreo actual, come cultivos y (lo que mas pena me dio) hace pedazos a los grandes esfuerzos de restauración ecológica que las comunidades están implementando (¡oh ironía! con apoyo del propio MAE). Las personas me contaron que las vicuñas vienen porque “en el arenal ya no hay nada que comer”; que estos animalitos tan tiernos son “peor que chivos” en cuanto a apetito y destrucción de la vegetación. Además, son “muy vivos” porque se ha visto como saltan cercos, encuentran espacio entre alambrados e inclusive ayudan una a la otra a pasar las barreras. La gente me comentó que han reclamado al MAE que esto ya es un problema, pero el MAE respondió que “es objeto de conservación” y además “ya empieza el proyecto de esquila para que ganen su platica con la fibra”. Pero obviamente, los comuneros concluyen que durante 30 años no han visto ni un centavo de ganancia en el manejo de la vicuña así que “¿por qué ahora cambiaría esto?”. Y por las razones antes explicadas (problema de manejo, mercadeo y exportación) yo estoy de acuerdo con ellos. 

Debemos cambiar muy rápido la imagen de la vicuña en el Ecuador: no es un animal emblemático amenazado sino una plaga. El MAE debe admitir que las buenas intensiones de hace 30 años se convirtieron en un potencial desastre ecológico. Es urgente que se deje de considerar la vicuña como objeto de conservación (ni a nivel global lo es: su estatus en la lista roja de la UICN es “menor preocupación”; o sea, sin peligro). Con el conocimiento de hoy en día y los testimonios de las comunidades hay que considerar la vicuña una especie exótica, que necesita un control y manejo adecuado. Es obvio que este manejo incluye el aprovechamiento adecuado de la fibra. Pero también se deben tener estrategias para el manejo de la población, el uso del espacio y control del impacto sobre el ecosistema. Para lograr esto, la tarea más importante es cambiar el paradigma de 30 años de conservación en la Reserva del Chimborazo. Desde ahora debemos empezar a ver la especie emblemática como un problema grave. Pero en la gestión ambiental hay que adaptarse de vez en cuando, así que ¡tiempo de actuar, MAE!